26/02/2005

La cometa



Llama a su vientre el deseo de ser niño de nuevo, de jugar con la nieve y aprender a volar, como en las tardes de mayo, cuando se iba corriendo con los otros ladera arriba, mientras las cometas caían al suelo polvoriento del camino una y otra vez, mientras ellos reían y echaban carreras y desprestigiaban con risas socarronas la cometa de aquel niño, por ser pequeña y vieja, por su tono descolorido, y porque sí, porque era suya y nada más.


Echa de menos aquella sensación de seguir a los otros cuesta arriba, sintiendo el viento muy próximo, mirando a las hormigas correr entres sus pies corriendo también, y cada hálito acercándolo más y más adonde ellos ya casi han llegado, gritando y riendo, golpeándose los hombros uno al otro para llegar primero...

Aquel camino, sembrado de embrujos nocturnos, era tibio y brillante en las tardes soleadas. Los niños ya abrían sus cometas y lanzaban al aire el rítmico vaivén de cuerdas temblorosas que se asían al viento, mientras los dedos infantiles las balanceaban en círculos imprevistos.

El siempre llegaba tarde. Se quedaba observando, besando el viento. Se quedaba quieto y contemplaba las danzas altísimas, el vuelo elegante de unas y la languidez de otras, y pasaban los minutos hasta que se abría camino y mirando su cometa ajada y vencida la lanzaba otra vez, la última, diría su padre, como si fuese su propio corazón, surcando el viento, sintiendo los latidos allá arriba, un ave de verdad en forma de corazón.

Los demás reían al verlo así, enfrascado en su vieja cometa, mientras las suyas, dragones, aves nacidas en el arco iris, flores tan rojas como la granada, se erguían majestuosas, mirando de soslayo al pobre corazón.

"Es mi corazón", se decía él. Un corazón roto que intentaba volar. Porque ya no podía vivir más. Y el viento lo recogía y lo envolvía, lo atosigaba, lo maltrataba para luego darle el más dulce de los caminos, donde un corazón latía, allá en lo alto, fundiéndose con el azul, para morir volando.

Aquella tarde fué la última que los niños la vieron volar. Aquella tarde él descubrió que empezaba a dejar de ser niño. Y un día su vientre deseó volver a aquel tiempo, sus entrañas querían volver a sentir el cosquilleo que el corazón le daba cada vez que lograba hacerlo volar. Su propio corazón estaba roto como la cometa. Pero a diferencia de ella, nunca aprendío a volar, nunca podría sentir el palpitar, el súbito rapto, el regazo del aire tornándose ternura unas veces y otras osadía.

No sabía cómo morir volando. Ni como volar, viviendo. A pesar de ser el suyo un corazón de verdad.

05:30 Anotado en Literatura, Poesía | Permalink | Comentarios (0) | Email esto | Tags: Poesía

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