28/02/2005
El Hermano Benito

En la bruma se deleitaba el monje mientras recitaba en silencio palabras que parecían carecer de sentido. Se escondía tras los muros fríos, de adobes gruesos y grises, por cuyos resquicios amanecían esas lianas verdes que poco a poco todo lo ven. Tenía el monje los ojos como aquellos adobes y, al igual que la lluvia resbalando por ellos, así tambíen sus ojos ofrecían un aspecto vidrioso y estaban llenos de profundos silencios.
Las palabras que decía, un galimatías repleto de semivocales y aspiraciones entrecortadas hechas a propósito, no provenían de ningún libro de salmos, ni siquiera de los incunables escondidos en los resquicios de los subterráneos donde permanecían casi congeladas las catacumbas. Simplemente no provenían de libro alguno, y por decir que hablaban de temas santos, tampoco ése era el caso. Sin embargo el monje tenía algo de santo, o al menos eso era lo que se murmuraba en los círculos eclesiásticos, fuera y dentro del recinto monacal. Más lejos aún que el primer pueblo cercano, cruzando el camino de neblinas sempiternas, se encontraba una casona donde los cardenales hacían parada cada vez que visitaban el monasterio. Uno de ellos se llamaba Casimiro Rueda y era tan anciano que algunos decían que moriría cuando lo enterrasen, y luego se reían, tomando el buen vino rosado de la huerta de Merilos. Pero tambíen se decía que el cardenal en cuestión era uno de los más sabios de todos cuantos visitaban el monasterio. Así que cuando Su Eminencia dejaba aquella casona, y era transportado con sumo cuidado en calesa hasta la entrada del recinto monacal, sus primeras palabras iban dirigidas al monje, el hermano Saavedra, aquél que veía a la Vírgen y que tenía que ser estudiado no solamente en su propia celda, sinó en la misma Santa Sede, por medio de una serie de pruebas que otros tristemente no pudieron ni podrían nunca superar.
Sin embargo el monje no hablaba de sus sensaciones, ni siquiera le llamaba la atención eso de ser algún día canonizado o tomado en serio. Nada más lejos de eso. Lo que a él le importaba en realidad era que no lo alejasen del monasterio, de su celda y , sobretodo, de sus visitas al alba al límite de los cedros, donde en la penumbra que los árboles ofrecían a la tierra húmeda, donde la niebla se mezclaba con su aliento, los rítmicos sonidos de su garganta despertaban a las almas de los habitantes del bosque, y con ellas se comunicaba. Y aquello hubiese sido un terrible paradigma para el Cardenal si lo hubiese visto con sus propios ojos. Más el monje nada decía de ello, ni a nadie debía hacer partícipe de tan íntimo secreto. Sólo los libros que se encuentran en la prisión de Bester pueden dar cuenta de lo que ocurrió una mañana en la que se oyeron gritos salir de la celda del monje Saavedra, el hemano Benito, quien con voz entrecortada y frente al Cardenal Rueda, se tiró sobre su cilicio en el suelo, haciéndolo tan certeramente que dos de sus extremos fueron a clavársele directamente al corazón.
" Deus Absconditus "*, dijo, casi imperceptiblemente, y expiró lentamente, dejando entrever una sonrisa que al Cardenal le haría pasar el resto de sus días intentando comprender.
Lo que ocurrió en la infancia del hermano Benito tiene mucho que ver con el desenlace de su triste historia. Magellan de Samoa pudo acceder al libro del Humo, el tomo III de la colección secreta de Bester. En él el hermano Herminio de Marua da cuenta de cómo transcurrió su infancia, lo que le aconteció a la edad de 8 años cuando vivía con un primo segundo suyo en la alberca de Cañas. E importante es también señalar lo oculto de sus extraños rezos en la soledad al amanecer, esquivando su compostura para alejarse del recinto, donde lo más importante no radicaba en las palabras que susurraba, sinó precisamente en las pausas que las separaban, los silencios entre frases, las flexiones e inflexiones del aire entrando y saliendo por su garganta. Algo digno de ser comentado próximamente. La colección estuvo a punto de ser subastada en 1840 en Marsella, pero a última hora el Señor de Moncada la rescató de tan terrible destino. Y en Bester reposan desde entonces. Hubiera resultado un oscuro augurio de haber sido distribuída a manos desconocedoras del auténtico sentido que dicha colección entraña.
*Vere tu es Deus absconditus". Dios es -bajo diversos títulos- un Dios oculto.
Las palabras que decía, un galimatías repleto de semivocales y aspiraciones entrecortadas hechas a propósito, no provenían de ningún libro de salmos, ni siquiera de los incunables escondidos en los resquicios de los subterráneos donde permanecían casi congeladas las catacumbas. Simplemente no provenían de libro alguno, y por decir que hablaban de temas santos, tampoco ése era el caso. Sin embargo el monje tenía algo de santo, o al menos eso era lo que se murmuraba en los círculos eclesiásticos, fuera y dentro del recinto monacal. Más lejos aún que el primer pueblo cercano, cruzando el camino de neblinas sempiternas, se encontraba una casona donde los cardenales hacían parada cada vez que visitaban el monasterio. Uno de ellos se llamaba Casimiro Rueda y era tan anciano que algunos decían que moriría cuando lo enterrasen, y luego se reían, tomando el buen vino rosado de la huerta de Merilos. Pero tambíen se decía que el cardenal en cuestión era uno de los más sabios de todos cuantos visitaban el monasterio. Así que cuando Su Eminencia dejaba aquella casona, y era transportado con sumo cuidado en calesa hasta la entrada del recinto monacal, sus primeras palabras iban dirigidas al monje, el hermano Saavedra, aquél que veía a la Vírgen y que tenía que ser estudiado no solamente en su propia celda, sinó en la misma Santa Sede, por medio de una serie de pruebas que otros tristemente no pudieron ni podrían nunca superar.
Sin embargo el monje no hablaba de sus sensaciones, ni siquiera le llamaba la atención eso de ser algún día canonizado o tomado en serio. Nada más lejos de eso. Lo que a él le importaba en realidad era que no lo alejasen del monasterio, de su celda y , sobretodo, de sus visitas al alba al límite de los cedros, donde en la penumbra que los árboles ofrecían a la tierra húmeda, donde la niebla se mezclaba con su aliento, los rítmicos sonidos de su garganta despertaban a las almas de los habitantes del bosque, y con ellas se comunicaba. Y aquello hubiese sido un terrible paradigma para el Cardenal si lo hubiese visto con sus propios ojos. Más el monje nada decía de ello, ni a nadie debía hacer partícipe de tan íntimo secreto. Sólo los libros que se encuentran en la prisión de Bester pueden dar cuenta de lo que ocurrió una mañana en la que se oyeron gritos salir de la celda del monje Saavedra, el hemano Benito, quien con voz entrecortada y frente al Cardenal Rueda, se tiró sobre su cilicio en el suelo, haciéndolo tan certeramente que dos de sus extremos fueron a clavársele directamente al corazón.
" Deus Absconditus "*, dijo, casi imperceptiblemente, y expiró lentamente, dejando entrever una sonrisa que al Cardenal le haría pasar el resto de sus días intentando comprender.
Lo que ocurrió en la infancia del hermano Benito tiene mucho que ver con el desenlace de su triste historia. Magellan de Samoa pudo acceder al libro del Humo, el tomo III de la colección secreta de Bester. En él el hermano Herminio de Marua da cuenta de cómo transcurrió su infancia, lo que le aconteció a la edad de 8 años cuando vivía con un primo segundo suyo en la alberca de Cañas. E importante es también señalar lo oculto de sus extraños rezos en la soledad al amanecer, esquivando su compostura para alejarse del recinto, donde lo más importante no radicaba en las palabras que susurraba, sinó precisamente en las pausas que las separaban, los silencios entre frases, las flexiones e inflexiones del aire entrando y saliendo por su garganta. Algo digno de ser comentado próximamente. La colección estuvo a punto de ser subastada en 1840 en Marsella, pero a última hora el Señor de Moncada la rescató de tan terrible destino. Y en Bester reposan desde entonces. Hubiera resultado un oscuro augurio de haber sido distribuída a manos desconocedoras del auténtico sentido que dicha colección entraña.
*Vere tu es Deus absconditus". Dios es -bajo diversos títulos- un Dios oculto.
19:45 Anotado en Literatura | Permalink | Comentarios (2) | Email esto | Tags: Literatura



Comentarios
Bien, me agrada tu blog, muy bueno lo que escribes.
Anotado por: melmoth | 01/03/2005
Muy bueno lo que escribes, me ha encantado, felicitaciones, tienes una facilidad para escribir cosas hermosas.
Anotado por: el manaba | 01/03/2005
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