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29/05/2005
Melodía en la sombra

Como de cristal, los ecos caen mientras la sombra de mi vida deambula con el suave murmullo de palabras mecidas en la soledad.
El sueño, callado deseo de la realidad, se une a mí; celeste calma que la mañana rasga como cortina de humo.
Y sé que estás aquí, meciéndote en la serenidad que intento componer en la orquesta de mis noches.
Sé que doy cobijo a mi sombra, la cual sigue mi vida, paso a paso, con dulce miel y sal amarga, con luces de colores y pasos en la niebla.
Mi oscuridad reposa en el lecho que sabe a luz. Entra, adormecida finalmente, para dejarme vivir. Dejarme soñar. Dejarme sentir la magia de su triste caricia:
Caricia recobrada, tranformada en manantial.
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25/05/2005
Claroscuro del alma

Llévame,
hacia los ángulos oscuros de tus sueños;
llévame a tus risas escondidas, a los confines de tus secretos.
Muéstrame
los colores sin definir, las lágrimas caídas sin querer
en lagos secos.
Acariciame
con tu silencio.
Al atardecer
el último suspiro triste
agonizará.
Y comenzará la nueva historia de la crisálida de tu vida.
Por distintos senderos etéreos,
con ojos diferentes.
Te veo ya acercándote.
Ven, alma.
hacia los ángulos oscuros de tus sueños;
llévame a tus risas escondidas, a los confines de tus secretos.
Muéstrame
los colores sin definir, las lágrimas caídas sin querer
en lagos secos.
Acariciame
con tu silencio.
Al atardecer
el último suspiro triste
agonizará.
Y comenzará la nueva historia de la crisálida de tu vida.
Por distintos senderos etéreos,
con ojos diferentes.
Te veo ya acercándote.
Ven, alma.
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21/05/2005
El Jardín de la Luna

Se detuvo el viajero, cerrando su petaca:
Había oído un susurro.
Sin embargo, los insectos nocturnos estaban quietos,
la oscura lejanía, el puente que une las dos vidas
estaba quieto.
Las huellas del viajero, por la senda nunca antes recorrida
dejaban llantos de tristeza bajo el lodazal.
Estaba en un campo infecundo,
en aguas calladas,
estaba entre labios inertes de besos petrificados.
Mas allá, el horizonte se insinuaba como el final de una búsqueda.
El viajero no sabía si dejarse llevar
o si pararse a escuchar aquel latido,
aquel susurro lento que le conmovía.
Jugar en un jardín sin árboles a quienes cantar:
debe ser terrible jugar en el jardín de la luna;
debe ser terrible sentarse a pensar que no hay nada con qué jugar,
ni siquiera una sombra a la que esquivar,
ni boca para besar la piel suave,
la dulce brisa de un mundo cierto.
Esa voz...
esa voz seguía llamando al viajero,
inaudible por momentos, agitada de nuevo.
Hasta que despertó en otro mundo
y dejó detrás un jardín inerte,
de sueños inertes,
de vidas inertes,
para ir a trabajar a una oficina
donde cientos de manos pulsaban teclas y números
y un reloj
marcaba las horas, los minutos y segundos
del Jardín sin luna.
Vivo e hiriente,
donde los besos muerden,
los labios beben,
las voces gritan,
y los niños juegan con los árboles que caen
bajo mágicas palabas y grandes hazadas.
El viajero volvió por la noche a su vida inerte.
Sus sueños sin sentido
en el Jardín de la Luna
donde todo está callado
y la vida no existe.
Pero sabe, al menos,
que él, sí vive.
Había oído un susurro.
Sin embargo, los insectos nocturnos estaban quietos,
la oscura lejanía, el puente que une las dos vidas
estaba quieto.
Las huellas del viajero, por la senda nunca antes recorrida
dejaban llantos de tristeza bajo el lodazal.
Estaba en un campo infecundo,
en aguas calladas,
estaba entre labios inertes de besos petrificados.
Mas allá, el horizonte se insinuaba como el final de una búsqueda.
El viajero no sabía si dejarse llevar
o si pararse a escuchar aquel latido,
aquel susurro lento que le conmovía.
Jugar en un jardín sin árboles a quienes cantar:
debe ser terrible jugar en el jardín de la luna;
debe ser terrible sentarse a pensar que no hay nada con qué jugar,
ni siquiera una sombra a la que esquivar,
ni boca para besar la piel suave,
la dulce brisa de un mundo cierto.
Esa voz...
esa voz seguía llamando al viajero,
inaudible por momentos, agitada de nuevo.
Hasta que despertó en otro mundo
y dejó detrás un jardín inerte,
de sueños inertes,
de vidas inertes,
para ir a trabajar a una oficina
donde cientos de manos pulsaban teclas y números
y un reloj
marcaba las horas, los minutos y segundos
del Jardín sin luna.
Vivo e hiriente,
donde los besos muerden,
los labios beben,
las voces gritan,
y los niños juegan con los árboles que caen
bajo mágicas palabas y grandes hazadas.
El viajero volvió por la noche a su vida inerte.
Sus sueños sin sentido
en el Jardín de la Luna
donde todo está callado
y la vida no existe.
Pero sabe, al menos,
que él, sí vive.
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