20/03/2005

Camino

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Me he sumido en tus estrellas,
en el polvo del desierto,
viajando sin fin por tus deseos;
caminos olvidados, reencontrados,
en aquellas noches de dunas frías,
de almas cálidas,
tan cálidas como ese corazón que bajo mis pies palpita.
Las gentes seguían mis pasos, mientras los míos luchaban
con los huecos de la arena,
mis propias dudas,
el eterno puzzle de la vida,
andando, sintiendo el viento entrar por mis venas,
susurrándome un canto apenas perceptible.

Te he seguido, camino.
Tus huellas parecían enredarse en las voces.
A veces creía que te habías perdido,
camino.

Y mientras unas manos suaves cerraban mis ojos,
yo te veía,
auscultando el pensamiento de mis noches agitadas.
De las sombras inmóviles que yacían hasta la madrugada.

Te seguí, a través de esas dunas suaves, del sol de mediodía,
hasta llegar al mar,
donde la espuma lanzaba sus perlas tan lejos como el faro de otras vidas,
tan lejos que perdí el destino,
recobré mi presente,
y me embriagué de él.

Y ahora te he recorrido,
conociéndote en tu senda que va hacia arriba,
amparándote en la que va hacia abajo,
ese camino mío,
lento, difícil,
ese camino mío...
que es tuyo,
latido de la vida.

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16/03/2005

A mi oído...



El amor que no mata...
El amor que no hiere....

La última palabra, rebosando jazmín.
Si quieres, te la digo, te la digo al oído,
suavemente.

Dime cómo es ese amor.
Cómo vive y muere.
Cómo hace soñar la realidad,
vivir los sueños.

Dime cómo se alza en la mañana
contra destinos inciertos,
cómo lame las lágrimas sin miedos.

Dime cómo se acuesta,
con qué moja sus pies.
¿Es con lluvia fina? ¿Con rocío? ¿Con qué...?

El amor que no mata, muere.
El amor que no hiere, no siente.

Solitario veo el alba como un jardín flotante de libertad.
Cierro mis ojos y entonces veo
ese amor muerto,
insensible.

Esa falta de amor que tú quisiste
para seguir viviendo,
para seguir remando
sin viento.

18:35 Anotado en Literatura , Poesía | Permalink | Comentarios (6) | Enviar a Email

15/03/2005

Desde arriba

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crisnash

Nada y todo parece venir de tu silencio;
Sumida estoy en el aire de tu cielo.
En mi recuerdo ya no hay recuerdos
y tu vida, toda entera,
la llevo en este destierro.

Sufro, al mirar desde arriba
los caminos sedientos,
las noches lúgubres
de tristes sueños,
donde la brisa del mar
no llega a ninguna sirena,
a ningún barco que espera
en las tabernas...

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14/03/2005

El buscador de la verdad. A Hypatia


Las palabras cayeron de tus manos cuando crucé el umbral de tu vida. Apenas podía darme cuenta: Estaba en otro mundo, viviendo lo que mis sueños nunca me dijeron, sumida en voces y nombres, entre gritos y susurros que no habían perecido, que vivían bajo nuestros pies, en cuevas perdidas, laberintos donde el viento reposa y espera. Aquél día supe porqué había perdido parte de mi alma, una vez. Supe que los rostros volvían a mirarme, con nombres que tan sólo se pronuncian en libros y mentes repletas de historia. Bajo el mar, las estrellas seguían brillando, mientras en mi rostro la sonrisa constrastaba con tu serio mirar. ¿Qué habías encontrado? ¿Qué viste a través de mi alma? El buscador de la verdad, caminando cabizbajo por pasillos eternos, se había parado a mirar.
Mirar: tocar con la mirada un corazón que volvió a latir como antes lo hizo el de una mujer, en este mismo sitio, entre columnas de mármol, papiros y hojas de laurel...

Más tarde me llevarías por los mismos caminos, por el tumulto nostálgico del atardecer. Sin prisas me dijiste quién era. Sorprendida te inquirí "cómo lo sabias". Tu mano se alzó, ondeando al aire. Lo sabías. Y tú ibas a ser mi maestro, como de ella lo fúe él, y casi moriría como aquella mujer. Casi sufriría el tormento de su propia muerte. Más la mía no sería física, sinó que poco a poco irías arrancando las capas de mi alma, una a una. Como ella, mi vida parecerería que iba a sucumbir. Pero una mañana salí del umbral; salí hacia el cielo abierto, con un viento frío, como mi corazón. Y me di cuenta de que mi alma no había muerto todavía. Comencé a caminar, triste y dolida, pensando en aquella mujer.
Mientras tú me perdías y ya sólo en tus sueños seguirías buscando esa verdad.

02:10 Anotado en Literatura , Poesía | Permalink | Comentarios (3) | Enviar a Email

10/03/2005

Cuadro sin nombre

Berenice
lo llama "Boceto de Amorosa Perspectiva"...


Me gustaría trepar por tu ventana antes del amanecer. Y con cuidado sacar de mi maleta todos tus dibujos y poesías. Los lanzaría hacia arriba, y despacio irían cayendo sobre tu cama, rozando el aire, mientras tú durmieses todavía, olvidándote del despertar que poco a poco asomaría en el umbral de tu conciencia. Me gustaría entonces verte todo cubierto de líneas sinuosas, hélices multicolores, zizgags oscurecidos por curvas de carmín; y tú no sabrías que lo que me ofreces es el cuadro verdadero de tu vida: los callados lapiceros en el estante, los pasteles y lienzos descansado en el armario... Y sólo tú, dueño de las sombras de tu vida, en el umbral del despertar más bello que nunca pudieras imaginar.

Tus ojos cerrados se unirían a los que abres bajo la montaña de un atardecer. Tus labios, en estado de quietud, se besarían con los que sonríen, aquellos que huelen a carbón. Y tus manos, como flores rosadas esperando el sol, cogerían sin saberlo las que están abiertas, las que cubren el sutil aleteo de una emoción...

Poco a poco despertarías, entre sábanas y papel, mientras yo te seguiría observando, apoyada en el dosel. Parpadearías, y algunas hojas también lo harían, mezclándose con tus pestañas, con tus dedos, con tu voz...

Me gustaría entonces ofrecerte un espejo para que vieses, a contraluz, tu propia obra desperdigada sobre la cama, sobre tu cuerpo y tu rostro tan sorprendido. Los cinco segundos inesperados se quedarían para siempre como la quintaesencia de tu alma. Y Junto a tí estaría, susurrándote que siguieses durmiendo.

Y con mi corazón te haría una almohada de plumas suaves, que serían cantos de amor. Y de nuevo dormirías, para siempre, mientras los caminos de la vida siguen heridos e hiriéndose, mientras los besos se transforman en miedo. Mi alma no deja de pensar en la posibilidad de hacer realidad este cuadro (¿tendría un nombre?) descrito tan al azar...
¿Quién sabe? Quizás algún día...

17:05 Anotado en Literatura , Poesía | Permalink | Comentarios (8) | Enviar a Email

06/03/2005

ALEJANDRÍA - Αλεξάνδρεια


Cae una lluvia fina, suave, temblorosa por momentos en esta tarde serena. Las hojas de las palmeras se mueven en un vaivén que tanto me recuerda a Alejandría...

Alejandria, la dama hermosa de atardeceres color ámbar, de lluvias nocturnas entre risas y cenas inesperadas. La lluvia en Alejandría parece que esté mojando nuestros deseos para que florezcan mejor. Las alegría se intensifica cuando el cielo acuoso comienza a dejarse caer. Nos preparamos para tomar té en el balcón y ver esa lluvia mística, mientras nos contamos aquellas anécdotas que se harán imperecederas con el momento de voces unidas a gotas de lluvia cayendo sobre nuestras manos. Abajo se oye venir a los mercaderes cubiertos con telas de lona, transportando cajas llenas de color. La lluvia cambia el panaroma en cada lugar de nuestro pequeño gran mundo. La lluvia en Haití, salvaje, intempestiva, profunda... no es la misma lluvia de Alejandría, tan femenina, tan llena de silencios quebrados. Mis oídos escuchan al pájaro cantar, quiza rezar, escondido en alguna rama confortable. Y los coches pasan, creando el único sonido que de ellos me atrae: sus neumáticos encharcados, creando un estado de paz no relativa para mí. La lluvia en Alejandría, la canción más hermosa...

"Alejandría, eres tan hermosa
que muchos dieron su vida por tí;
otros prefirieron mecerse en tu recuerdo
cuando sus párpados se quedaron sin voz.
Tu corazón late incesantemente
mientras dormitan los de la ciudad.
Y al hacerlo tu mar se va moviendo,
girando,
con la belleza de una bailarina.

Tus recuerdos están todos vivos;
tus sueños se repiten una y otra vez.
Ellos poseen la magia del Amor,
la que puede mover las horas con un simple suspirar.
Y es que los dioses nunca te arrancaron tal poder.

Al verte sonrío, nombrándote en silencio,
llenando mi alma de tu aroma,
de tus lágrimas de alegría.

Alejandría,
bien pudieras también llamarte la sonrisa de los dioses...
Y es que cada vez que te dejo
me llevo un trocito de tí
mientras tú te quedas con mi corazón entero."

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05/03/2005

Tarde


Me diste sobre la frente la brisa de tu mañana
y en la noche el aire de las estrellas frías que todo lo ven.
Sin embargo, era tarde, e incierto el sueño que florecía.
Eran tempranas las primaveras, mas tardío el verano ardiente.
Cuanto más calor me dabas,
más frío yo sentía,
más ajeno el horizonte estaba.
Ajeno, todo era ajeno.
Incluso tus dulces palabras.

Soñé, sí, pero no contigo.
La imagen susurraba un nombre
más no eras tú, amor. Amor sin nombre.
Y mi pecho crecía,
como la luna,
crecía,
llamándote desde mi ventana cerrada.

Y cuanto más me acuerdo de tí,
más lejano me pareces,
extraño encuentro,
extraño ser que bebió de mi mano
mis lágrimas de olivo.

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02/03/2005

El pozo de los deseos (recuerdos de adolescente)


Sentado sobre el borde de aquel pozo te ví venir.
Sonreías.
En el bolsillo derecho guardaba aquellas pequeñas notas que escribimos,
el recuerdo vivo de nuestros malentendidos, reconciliaciones,
dibujos hechos a lápiz de tu rostro,
la mirada perdida,
el quieto respirar que quizás se podía vislumbrar;
recortes de fotografías de una tarde en el café.

Mi bolsillo izquierdo guardaba otros papeles:
papeles en blanco, papeles de colores,
vacíos, esperando que una palabra, una frase los hiciera vivir.
Mis manos hurgaban, nerviosas, dentro de esos bolsillos,
mezclando palabras escritas, frases sin escribir.
Aquel sol de la tarde se reflejaba en tus cabellos
como antes de hacer el amor lo hacía sobre tus labios
el vino moscatel.

Me llamaron la atención tus pasos en suspenso;
que, como la estatua de la fuente, tu silencio sugiriese advertencias.
"¿Qué le ocurre?", pensé por lo bajo,
mientras de mis bolsillos hacía aparecer briznas de papel.
"El pozo de los deseos", me dije, "el pozo..."
Leyendas de enamorados, actos que otros ya hicieran en aquel mismo lugar,
alguna vez,
mientras el caballo les esperaba para volver.

Una nota lancé hacia la boca oscura,
donde el agua, allá abajo, mojaría nuestros versos.
Un papel vacío surgió de mi mano izquierda,
y ambos pedazos, tan diferentes, al fondo se precipitaron.

Sin embargo, tú seguías inmóvil,
y al volver mi rostro al pozo, comprendí:
No eran los deseos los que bajaban lentamente,
era mi propia vida, la que se ahogaba, la que se hundía;
eras tú, la luz de mi alma, y sin quererlo te había lanzado
a la oscuridad.

Desde entonces, no pienso más en aquéllo,
pienso en lo que no lancé, en tus cartas y dibujos,
recuerdos que no llegaron a perderse en la oscuridad;
que están guardados, para siempre, en otro pozo:
el pozo de mi propio corazón.


02:30 Anotado en Literatura , Poesía | Permalink | Comentarios (7) | Enviar a Email

01/03/2005

Quién


¿Quién me habla así?
¿Quién, bajo la embriaguez del estío arranca de mi mano flores que huelen a palabras?
Desearía no saberlo, para permanecer callada, para sentir el dulce aroma que se convierte en llanto y risa, en aquellos adagios que intentan recuperar el centro de algún sinsabor, de un momento de amor, de una fábula sin terminar. Por los caminos crecen y surcan estelas con las que jugar e hilvanar, hasta que la espiral gira por sí misma, hasta que el poema yace sobre la piel.
¿Quién debe ser el que une los sonidos y los transforma en miel? A pesar de vagar perdida entre signos de interrogación, me suspendo sobre tí, te doy mi corazón, entregándome sin temor hasta que tus sábanas cubren mi emoción, despacio, para hacerla dormir en tus brazos, Inspiración.

16:50 Anotado en Literatura , Poesía | Permalink | Comentarios (2) | Enviar a Email

28/02/2005

El Hermano Benito


En la bruma se deleitaba el monje mientras recitaba en silencio palabras que parecían carecer de sentido. Se escondía tras los muros fríos, de adobes gruesos y grises, por cuyos resquicios amanecían esas lianas verdes que poco a poco todo lo ven. Tenía el monje los ojos como aquellos adobes y, al igual que la lluvia resbalando por ellos, así tambíen sus ojos ofrecían un aspecto vidrioso y estaban llenos de profundos silencios.

Las palabras que decía, un galimatías repleto de semivocales y aspiraciones entrecortadas hechas a propósito, no provenían de ningún libro de salmos, ni siquiera de los incunables escondidos en los resquicios de los subterráneos donde permanecían casi congeladas las catacumbas. Simplemente no provenían de libro alguno, y por decir que hablaban de temas santos, tampoco ése era el caso. Sin embargo el monje tenía algo de santo, o al menos eso era lo que se murmuraba en los círculos eclesiásticos, fuera y dentro del recinto monacal. Más lejos aún que el primer pueblo cercano, cruzando el camino de neblinas sempiternas, se encontraba una casona donde los cardenales hacían parada cada vez que visitaban el monasterio. Uno de ellos se llamaba Casimiro Rueda y era tan anciano que algunos decían que moriría cuando lo enterrasen, y luego se reían, tomando el buen vino rosado de la huerta de Merilos. Pero tambíen se decía que el cardenal en cuestión era uno de los más sabios de todos cuantos visitaban el monasterio. Así que cuando Su Eminencia dejaba aquella casona, y era transportado con sumo cuidado en calesa hasta la entrada del recinto monacal, sus primeras palabras iban dirigidas al monje, el hermano Saavedra, aquél que veía a la Vírgen y que tenía que ser estudiado no solamente en su propia celda, sinó en la misma Santa Sede, por medio de una serie de pruebas que otros tristemente no pudieron ni podrían nunca superar.

Sin embargo el monje no hablaba de sus sensaciones, ni siquiera le llamaba la atención eso de ser algún día canonizado o tomado en serio. Nada más lejos de eso. Lo que a él le importaba en realidad era que no lo alejasen del monasterio, de su celda y , sobretodo, de sus visitas al alba al límite de los cedros, donde en la penumbra que los árboles ofrecían a la tierra húmeda, donde la niebla se mezclaba con su aliento, los rítmicos sonidos de su garganta despertaban a las almas de los habitantes del bosque, y con ellas se comunicaba. Y aquello hubiese sido un terrible paradigma para el Cardenal si lo hubiese visto con sus propios ojos. Más el monje nada decía de ello, ni a nadie debía hacer partícipe de tan íntimo secreto. Sólo los libros que se encuentran en la prisión de Bester pueden dar cuenta de lo que ocurrió una mañana en la que se oyeron gritos salir de la celda del monje Saavedra, el hemano Benito, quien con voz entrecortada y frente al Cardenal Rueda, se tiró sobre su cilicio en el suelo, haciéndolo tan certeramente que dos de sus extremos fueron a clavársele directamente al corazón.


" Deus Absconditus "*, dijo, casi imperceptiblemente, y expiró lentamente, dejando entrever una sonrisa que al Cardenal le haría pasar el resto de sus días intentando comprender.

Lo que ocurrió en la infancia del hermano Benito tiene mucho que ver con el desenlace de su triste historia. Magellan de Samoa pudo acceder al libro del Humo, el tomo III de la colección secreta de Bester. En él el hermano Herminio de Marua da cuenta de cómo transcurrió su infancia, lo que le aconteció a la edad de 8 años cuando vivía con un primo segundo suyo en la alberca de Cañas. E importante es también señalar lo oculto de sus extraños rezos en la soledad al amanecer, esquivando su compostura para alejarse del recinto, donde lo más importante no radicaba en las palabras que susurraba, sinó precisamente en las pausas que las separaban, los silencios entre frases, las flexiones e inflexiones del aire entrando y saliendo por su garganta. Algo digno de ser comentado próximamente. La colección estuvo a punto de ser subastada en 1840 en Marsella, pero a última hora el Señor de Moncada la rescató de tan terrible destino. Y en Bester reposan desde entonces. Hubiera resultado un oscuro augurio de haber sido distribuída a manos desconocedoras del auténtico sentido que dicha colección entraña.



*Vere tu es Deus absconditus". Dios es -bajo diversos títulos- un Dios oculto.

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27/02/2005

Luna

Luna de cristal, mis enmohecidos ojos todavía perciben el alma sedienta que se esconde en tí. A pesar del tiempo, de las telarañas que nublan mi corazón, se me engrandecen las pupilas como para atisbar aquello que antes se me ofrecía tan nítidamente. Ahora las luciérnagas piden permiso para pasar, temiendo que las envidie, que las tome entre mis manos y las lance al vacío, esas perlas brillantes de la noche sin recuerdos viven.

Mis ojos.... todavía pueden ver la luna. Damas luminosas, no creáis que mis ojos cerrados ya han olvidado lo que una vez vieron, los pinceles del cielo, tiñendo de amor el agua del manantial. Sabed que en la oscuridad del cieno se perciben los colores que el día esconde, que aunque el tiempo pasa, el recuerdo perdura, esos colores que he vivido, clarosurcos de mi historia, mezclas y tonos ambiguos, que vuestra luz no puede eclipsar. Dejadme recordar. Dejadme la luna mirar. La luna de cristal, serena partícipe de mi soledad, enraizada en mis recuerdos primeros de paisajes increíbles, donde el mar abrazaba al arena, donde no había mar, donde lo hubo, donde lo habrá. Mi luna de cristal, recuerdo tu rostro en la negrura del lodazal y en las calles sin electricidad.

Reflejos sobre el mar que ahora son recuerdos de momentos inmóviles, recuerdos estáticos, de imágenes quietas, aquellos colores que ahora veo reflejados en la luna, allí arriba, esta noche. Una luna de cristal.

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26/02/2005

Pegada a tí



Estoy pegada a tí como el azúcar quemado, azúcar quieto, caliente, sobre natillas frías. Tan pegada a tí como el verde se pega al azul (¿o es al revés?)
Me miro en tu espejo, a hurtadillas, para que te veas completo, antes que la brocha por tu barba se pierda.

Las seis de la mañana. Sigo pegada a tí. Preparando la ruta diaria, el metro, el autobús, el coche no sale hoy, el coche es mío hoy. Pegada a tí, te digo por lo bajo "que hace mucho frío, mucho, mucho", y me envuelvo en tu chaqueta y en tu bufanda y en tus risas, shhhhh, que es temprano; y te sigo hasta la puerta, mientras te das prisa. Pero te irías quedando. Cuéntame el cuento de... Ahora sí te vas a toda prisa, y mientras voy a la cocina porque olvidé desayunar, me pongo a cavilar, pegada a tí en mis pensamientos. ¡Debo ser un asco! ¿A quién se le ocurre incordiar así?

La tarde avanza, en un país donde los niños son adultos y los adultos niños. Y cuando vuelves por la acera, una ráfaga de indescriptible serenidad lo envuelve todo. Las ruedas del cielo giran todas sus rostros hacia aquí, una acera quejumbrosa, con más hoyos que estrellas. Ya no estoy pegada a tí, sinó unida a tí. Ya no es hora de jugar, es hora de amar en serio.
Como los niños hacen
en este país.

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El Laúd



"Este soy yo, un laúd."

Mientras, ella acariciaba con dedos temblorosos las cuerdas agonizantes.
Despacio, varios pétalos de sonidos etéreos surgieron del interior,
hacia arriba,
como terciopelo.

"Esta es mi canción," dijo el laúd.

La canción seguía suspendida entre sus manos.
"... Y sin embargo, no sabe que voy a morir."

Morir... ¿por qué? ¿Qué razón tendrías para morir,
cuando tu alma se encuentra en manos como esas..?

"Morir... para al fin vivir, porque ellas me dieron cuanto necesitaba;
me dieron el aliento; me hicieron conocer el amor;
a través de ellas pude entender un poema.
Morir... porque vivo cautivo en una caja...
Morir... porque es lo que en realidad siempre deseé"

Morir... ¿porque no eres feliz? Morir... ¿porque la vida no es la verdad?

"Ay, hijo mío... cuando una melodía se transforma en perfección,
y esta perfección se transforma en ángeles,
y los ángeles susurran
aquello que sólo una canción puede comprender...
Me doy cuenta de que llegó el momento, que todavía no estoy preparado,
o estándolo, no soy consciente de ello,
o siéndolo, no lo estoy.

Sus manos son el viento que abraza mi alma;
sus dedos, lo que me empuja fuera de mí;
ella es el ave que me habla de libertad;
mi canción entonces no es mía, sinó suya."


Sus manos se quedaron quietas por un momento. Las cuerdas no ofrecían sonido alguno.
Lo intentó de nuevo, y una vez más,
y, sorprendida,
se quedó mirando al silencioso laúd.

Tan sólo había madera en sus manos. El alma se había ido.
La prisión había sido destruída.
Y la libertad se abrió camino.

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La cometa



Llama a su vientre el deseo de ser niño de nuevo, de jugar con la nieve y aprender a volar, como en las tardes de mayo, cuando se iba corriendo con los otros ladera arriba, mientras las cometas caían al suelo polvoriento del camino una y otra vez, mientras ellos reían y echaban carreras y desprestigiaban con risas socarronas la cometa de aquel niño, por ser pequeña y vieja, por su tono descolorido, y porque sí, porque era suya y nada más.


Echa de menos aquella sensación de seguir a los otros cuesta arriba, sintiendo el viento muy próximo, mirando a las hormigas correr entres sus pies corriendo también, y cada hálito acercándolo más y más adonde ellos ya casi han llegado, gritando y riendo, golpeándose los hombros uno al otro para llegar primero...

Aquel camino, sembrado de embrujos nocturnos, era tibio y brillante en las tardes soleadas. Los niños ya abrían sus cometas y lanzaban al aire el rítmico vaivén de cuerdas temblorosas que se asían al viento, mientras los dedos infantiles las balanceaban en círculos imprevistos.

El siempre llegaba tarde. Se quedaba observando, besando el viento. Se quedaba quieto y contemplaba las danzas altísimas, el vuelo elegante de unas y la languidez de otras, y pasaban los minutos hasta que se abría camino y mirando su cometa ajada y vencida la lanzaba otra vez, la última, diría su padre, como si fuese su propio corazón, surcando el viento, sintiendo los latidos allá arriba, un ave de verdad en forma de corazón.

Los demás reían al verlo así, enfrascado en su vieja cometa, mientras las suyas, dragones, aves nacidas en el arco iris, flores tan rojas como la granada, se erguían majestuosas, mirando de soslayo al pobre corazón.

"Es mi corazón", se decía él. Un corazón roto que intentaba volar. Porque ya no podía vivir más. Y el viento lo recogía y lo envolvía, lo atosigaba, lo maltrataba para luego darle el más dulce de los caminos, donde un corazón latía, allá en lo alto, fundiéndose con el azul, para morir volando.

Aquella tarde fué la última que los niños la vieron volar. Aquella tarde él descubrió que empezaba a dejar de ser niño. Y un día su vientre deseó volver a aquel tiempo, sus entrañas querían volver a sentir el cosquilleo que el corazón le daba cada vez que lograba hacerlo volar. Su propio corazón estaba roto como la cometa. Pero a diferencia de ella, nunca aprendío a volar, nunca podría sentir el palpitar, el súbito rapto, el regazo del aire tornándose ternura unas veces y otras osadía.

No sabía cómo morir volando. Ni como volar, viviendo. A pesar de ser el suyo un corazón de verdad.

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Visitante



Estrecha callejuela, paisaje de fin de siglo, vapores de madrugada subiendo de las alcantarillas. Una noche soñé contigo y después el sueño se volvió a repetir. Estaba junto a una fuente, en medio de una rotonda, no había nadie, nadie más que yo y tu recuerdo. Mi cabello ondeaba al viento sereno, mientras esa fuente hacía sentir piedras de cristal cayendo sin cesar. Tu recuerdo es ahora difuso más aquella madrugada en la que viajé en el tiempo eras nítido como el agua que resbalaba.

Te he llamado y has venido. Varias veces ha ocurrido. Nunca hablamos, solo nos miramos y poco a poco mi desazón me lleva a alejarme de tí. Un temor a marcar el paso, el primero, la decisión, la determinación. Lo desconocido. Tu cabello pajizo, tu capa oscura, tus ojos directos, velando en silencio cuanto me ocurre.

¿Quién eres? Me he preguntado muchas veces. ¿Por qué apareces en mis sueños? ¿Serás la reminiscencia de un verso olvidado de Becquer, un párrafo de historia atisbada, el eco de una voz lejana que un día escuché?

Y sin querer obsesionarme, intento racionalizar un alma, una presencia, más nada aprendo de tí. Y no sabré de tí más nada, salvo en mis sueños. Espectro, espíritu, no sé que eres, pero eres viejo, antiguo, secular, un paradigma en mis noches calladas.

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Sin palabras



Acercaste tu beso al mío, rozando el aire que nos separaba. Mis ojos se quedaron en suspenso con los tuyos, órbitas flotando en un universo de silencio.

Cayendo como si fuese de algodón, la realidad abrió una cortina, y luego otra y otra y otra... hasta que temblaron nuestras venas y se fueron de nuevo las ensoñaciones de una mañana cualquiera. La nuestra.

Y despacio moví mis pensamientos para dejarlos aparcados en el umbral de mi corazón.

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Luz



Suspiran los ojos de los lagos cuando te ven pasar lentamente por el umbral del cielo. Ciertamente, se han sentido solos mirándote por la luna girar tus pasos hacia aquí, tan temprano, cuando todavía nada parece haber despertado salvo las libélulas de un estío hiriente, y trémulas avanzan sobre las miradas que fluctúan en las aguas, sin más deseo que ver, ellas también, la figura que se acerca luna abajo, antes que se la lleve el viento.

Despiertan de su ensueño los ojos de los lagos, tiernos párpados de lágrimas dulces que tienen el don de moverse como los de los camaleones. El viento se acerca suavemente, y una brizna de aire cálido danza alrededor, y miro hacia arriba, buscando la luna, intentando seguir tus pasos de vuelta, tras las nubes y los clarosurcos y las libélulas danzantes que preparan un vuelo más alto y duradero. Sus alas de plata me envían destellos de estelas, de cuentos de hadas, sin que nadie sepa que ya has llegado, que estuviste mirándote en los ojos del lago, mientras yo te escuchaba sin poderme acercar.

Como cada amanecer, cientos de luces escondidas se acercan por entre los cielos primeros y simulan que nadie los ve. Hasta que te veo aparecer a través de ellas, luz eterna.
Luz.

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El Cielo


Una bandada de cigüeñas surcaba el cielo raso. El niño las iba contando, una por una, mientras a un lado de la carretera su padre lo esperaba, con las puertas del coche entreabiertas, tratando de recomponer frases para decírselas esta vez sin tapujos, sin mentiras, con el corazón limpio de culpabilidad.

Aunque el niño no está contando cigüeñas ya, está pensando cómo preguntarle al padre lo que quiere saber. Muchas veces lo ha intentado pero la vergüenza no le deja, y no es vergüenza, es otra cosa... ¿qué es?

Recuerda a su padre cuando aquella noche vino a casa acompañado de la mujer de pelo horrible, cómo le podía gustar a su padre una mujer así; piensa mucho sobre esta questión del pelo. En el colegio se burlarían de ella. Y su madre, ¿dónde está? ¿en qué cielo? Porque en este, surcado de cigüeñas, en este cielo.... no la ve.

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Artista


Estar cansado de caminar, ver parajes lejanos y pensar que se quiere llegar más no es el momento. Una taza de café la espera en su triste casa de alquiler, donde el muchacho que ayer regresó ríe una risa triste que los gatos pueden comprender. Ayer estaba sola, decaída, como muerta, mientras en los arrabales de la ciudad el joven tomaba un autobús en dirección a ella, a la suerte que un día tuvo y que piensa que puede volver.

Nada más entrar, se percata de la situación: Una llave sobre la mesa, el pincel de siempre con sus cuadros a medio pintar. La llama encendida en el hogar... Y sin embargo un llanto llega desde el fondo del apartamento. Es quizá el preludio de una mala sorpresa, piensa él. Así que se adentra en el umbral y, viéndola bajar la mirada oscura que le acariciaba las tardes de lluvia en el desván, hacía un año escaso, aquellos ojos que traspasaban todo lo que él podía tocar, estaban sumidos en silencio, mientras él sufría por dentro el vertiginoso pensamiento que lo inducía a adelantarse.

¿Quién llora así?, pregunta, intentado despreocuparse por la sentencia que escuchará. La mira sin reciprocidad, cubierta la cara de ella por el velo del miedo. El camina despacio, observando las paredes, siempre desnudas, siempre lechosas, que le recuerdan a espejos bañados de escarcha...
Cuando llega a la habitación de sus recuerdos se sorprende al ver a un viejo sentado sobre la cama de edredón nuevo, apoyado sobre sus propias manos, escondiendo lágrimas que no sabe de qué sal están hechas.

"Pasaba por aquí", le espeta al anciano. No sabe quién es. De repente recuerda los dos cuerpos enrollados entre las sábanas. Y su pecho respira hondo, mientras su corazón se enfurece.

Cartas abiertas del destino. Lluvias efímeras de sed interminable. Cantos al oído de un viajero dormido. Así ha pasado la historia de su amor triste.

Y se va, mientras en vano los ojos de ella se izan e imploran atención. Se ha equivocado, pensaba que podría .... que quizá.... Y baja las escaleras tan rápidamente que parece que vuela, bajando, bajando. Interminables peldaños: la tarde de las rosas; el Domingo de los besos; el momento de las risas, aquellas risas mirando por el balcón. Peldaños, más peldaños. Se van aquellos ojos, se pierden en la bruma, en su amargura, y le recibe la calle como una bofetada, el sol repentino es otra bofetada, el cláxon impertinente, los niños pidiendo limosna. Es el destino, se dice, se lo dice cien veces mientras cruza aceras rápidamente, y parques y avenidas hasta llegar tan lejos que ya no sabe cómo regresar.

Y mientras, ella retoma, en sus manos, aquel lienzo. Con el pincel de nuevo en las manos, espera. Y el anciano sigue llorando, mientras ella va escuchando el sonido que intenta pintar.

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