23/08/2005

Naufragio

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Mi barca zozobró.
Mi barquita de nuez.
Salí a cantar a la noche,
canciones de dolor,
y el viento no se paró a pensar;
y latía con mi misma desazón;
trajo los rugidos cegadores,
las brisas locas de amor,
envueltas en dos corazones.
Me aventuré al caos,
en mi barquita de nuez,
mientras las ráfagas tempestuosas
rasgaban las velas
de mi barquita de nuez.
Al viento me entregué,
con mi canción eterna
y las lágrimas eran mar,
amargas cadencias
sacudidas por el vendaval.
Y sola, me vi zozobrar,
y sola, comencé a rezar.
Y la oscuridad del agua,
del cielo,
del viento,
de las tristes melodias
que mi voz cantaba,
me trajeron a un marinero
en alta mar.
Marinero, que con brazos fuertes
sujetó  el mástil de mi quebrada vida,
unos brazos que, iluminados por los destellos  de los truenos,
brillaban, mojados por la espuma de plata.
Yo sí lo ví salvarme,
Yo sí lo ví fuerte,
lo vi amarme
mientras mi barquita de nuez,
donde sólo cabe un guisante,
se hundía como mil perlas,
como mil estrellas,
como cuernos de elefante:
el peso de mis dudas,
condensadas todas ellas
en una simple barquita de nuez.
Fué la vez primera,
el amor primero,
el corazón limpio,
ese marinero.
Y al llegar a tierra
ya no estaba,
y tan solo me di cuenta
de que tú me esperabas,
diciéndome que la vida
sólo se vive una vez
mientras yo le decía adios para siempre,
adios para siempre,
a mi triste barquita de nuez. 

02/03/2005

El pozo de los deseos (recuerdos de adolescente)


Sentado sobre el borde de aquel pozo te ví venir.
Sonreías.
En el bolsillo derecho guardaba aquellas pequeñas notas que escribimos,
el recuerdo vivo de nuestros malentendidos, reconciliaciones,
dibujos hechos a lápiz de tu rostro,
la mirada perdida,
el quieto respirar que quizás se podía vislumbrar;
recortes de fotografías de una tarde en el café.

Mi bolsillo izquierdo guardaba otros papeles:
papeles en blanco, papeles de colores,
vacíos, esperando que una palabra, una frase los hiciera vivir.
Mis manos hurgaban, nerviosas, dentro de esos bolsillos,
mezclando palabras escritas, frases sin escribir.
Aquel sol de la tarde se reflejaba en tus cabellos
como antes de hacer el amor lo hacía sobre tus labios
el vino moscatel.

Me llamaron la atención tus pasos en suspenso;
que, como la estatua de la fuente, tu silencio sugiriese advertencias.
"¿Qué le ocurre?", pensé por lo bajo,
mientras de mis bolsillos hacía aparecer briznas de papel.
"El pozo de los deseos", me dije, "el pozo..."
Leyendas de enamorados, actos que otros ya hicieran en aquel mismo lugar,
alguna vez,
mientras el caballo les esperaba para volver.

Una nota lancé hacia la boca oscura,
donde el agua, allá abajo, mojaría nuestros versos.
Un papel vacío surgió de mi mano izquierda,
y ambos pedazos, tan diferentes, al fondo se precipitaron.

Sin embargo, tú seguías inmóvil,
y al volver mi rostro al pozo, comprendí:
No eran los deseos los que bajaban lentamente,
era mi propia vida, la que se ahogaba, la que se hundía;
eras tú, la luz de mi alma, y sin quererlo te había lanzado
a la oscuridad.

Desde entonces, no pienso más en aquéllo,
pienso en lo que no lancé, en tus cartas y dibujos,
recuerdos que no llegaron a perderse en la oscuridad;
que están guardados, para siempre, en otro pozo:
el pozo de mi propio corazón.


27/02/2005

Luna

Luna de cristal, mis enmohecidos ojos todavía perciben el alma sedienta que se esconde en tí. A pesar del tiempo, de las telarañas que nublan mi corazón, se me engrandecen las pupilas como para atisbar aquello que antes se me ofrecía tan nítidamente. Ahora las luciérnagas piden permiso para pasar, temiendo que las envidie, que las tome entre mis manos y las lance al vacío, esas perlas brillantes de la noche sin recuerdos viven.

Mis ojos.... todavía pueden ver la luna. Damas luminosas, no creáis que mis ojos cerrados ya han olvidado lo que una vez vieron, los pinceles del cielo, tiñendo de amor el agua del manantial. Sabed que en la oscuridad del cieno se perciben los colores que el día esconde, que aunque el tiempo pasa, el recuerdo perdura, esos colores que he vivido, clarosurcos de mi historia, mezclas y tonos ambiguos, que vuestra luz no puede eclipsar. Dejadme recordar. Dejadme la luna mirar. La luna de cristal, serena partícipe de mi soledad, enraizada en mis recuerdos primeros de paisajes increíbles, donde el mar abrazaba al arena, donde no había mar, donde lo hubo, donde lo habrá. Mi luna de cristal, recuerdo tu rostro en la negrura del lodazal y en las calles sin electricidad.

Reflejos sobre el mar que ahora son recuerdos de momentos inmóviles, recuerdos estáticos, de imágenes quietas, aquellos colores que ahora veo reflejados en la luna, allí arriba, esta noche. Una luna de cristal.