23/06/2005

Alegría

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Se marchó dejándola en una cama deshecha por los sueños, donde cada pliegue significaba un episodio más de juegos de colores y miradas desconocidas, en una noche de luna cercana, más cercana de lo que nunca antes había estado...

Dejó una pequeña vela encendida, por si acaso el alba todavía no la alcanzaba en su despertar. Y lanzó algunas gotas de agua de jazmín sobre su almohada, por entre sus cabellos, para que el sueño la llevase por caminos hermosos en lugar de los que la conducían, cada mañana, a la ciénaga.

Se marchó dejándola al cuidado de un mundo que solo ella visitaba, mientras él se iba, como cada día, a vender carbón.

Los efluvios de jazmín la llevaron por nuevas sendas, donde las aves la rodeaban en su caminar incierto. Ella lanzaba deseos al aire, con su sonrisa de dicha que los sueños le ofrecían. Y mientras, aquellas aves los recogían, lanzándolos muy lejos, hasta que se perdían.

"¿...Y cómo sabré que han llegado ha ser escuchados?", preguntaba ella, mientras poco a poco sus ojos se movían de un lado a otro, comenzando a vislumbrar el camino de la ciénaga.

Y las aves le respondían: "Porque al despertar, seguirás soñando,
hilvanando las nubes,
Alegría".

14/03/2005

El buscador de la verdad. A Hypatia


Las palabras cayeron de tus manos cuando crucé el umbral de tu vida. Apenas podía darme cuenta: Estaba en otro mundo, viviendo lo que mis sueños nunca me dijeron, sumida en voces y nombres, entre gritos y susurros que no habían perecido, que vivían bajo nuestros pies, en cuevas perdidas, laberintos donde el viento reposa y espera. Aquél día supe porqué había perdido parte de mi alma, una vez. Supe que los rostros volvían a mirarme, con nombres que tan sólo se pronuncian en libros y mentes repletas de historia. Bajo el mar, las estrellas seguían brillando, mientras en mi rostro la sonrisa constrastaba con tu serio mirar. ¿Qué habías encontrado? ¿Qué viste a través de mi alma? El buscador de la verdad, caminando cabizbajo por pasillos eternos, se había parado a mirar.
Mirar: tocar con la mirada un corazón que volvió a latir como antes lo hizo el de una mujer, en este mismo sitio, entre columnas de mármol, papiros y hojas de laurel...

Más tarde me llevarías por los mismos caminos, por el tumulto nostálgico del atardecer. Sin prisas me dijiste quién era. Sorprendida te inquirí "cómo lo sabias". Tu mano se alzó, ondeando al aire. Lo sabías. Y tú ibas a ser mi maestro, como de ella lo fúe él, y casi moriría como aquella mujer. Casi sufriría el tormento de su propia muerte. Más la mía no sería física, sinó que poco a poco irías arrancando las capas de mi alma, una a una. Como ella, mi vida parecerería que iba a sucumbir. Pero una mañana salí del umbral; salí hacia el cielo abierto, con un viento frío, como mi corazón. Y me di cuenta de que mi alma no había muerto todavía. Comencé a caminar, triste y dolida, pensando en aquella mujer.
Mientras tú me perdías y ya sólo en tus sueños seguirías buscando esa verdad.

28/02/2005

El Hermano Benito


En la bruma se deleitaba el monje mientras recitaba en silencio palabras que parecían carecer de sentido. Se escondía tras los muros fríos, de adobes gruesos y grises, por cuyos resquicios amanecían esas lianas verdes que poco a poco todo lo ven. Tenía el monje los ojos como aquellos adobes y, al igual que la lluvia resbalando por ellos, así tambíen sus ojos ofrecían un aspecto vidrioso y estaban llenos de profundos silencios.

Las palabras que decía, un galimatías repleto de semivocales y aspiraciones entrecortadas hechas a propósito, no provenían de ningún libro de salmos, ni siquiera de los incunables escondidos en los resquicios de los subterráneos donde permanecían casi congeladas las catacumbas. Simplemente no provenían de libro alguno, y por decir que hablaban de temas santos, tampoco ése era el caso. Sin embargo el monje tenía algo de santo, o al menos eso era lo que se murmuraba en los círculos eclesiásticos, fuera y dentro del recinto monacal. Más lejos aún que el primer pueblo cercano, cruzando el camino de neblinas sempiternas, se encontraba una casona donde los cardenales hacían parada cada vez que visitaban el monasterio. Uno de ellos se llamaba Casimiro Rueda y era tan anciano que algunos decían que moriría cuando lo enterrasen, y luego se reían, tomando el buen vino rosado de la huerta de Merilos. Pero tambíen se decía que el cardenal en cuestión era uno de los más sabios de todos cuantos visitaban el monasterio. Así que cuando Su Eminencia dejaba aquella casona, y era transportado con sumo cuidado en calesa hasta la entrada del recinto monacal, sus primeras palabras iban dirigidas al monje, el hermano Saavedra, aquél que veía a la Vírgen y que tenía que ser estudiado no solamente en su propia celda, sinó en la misma Santa Sede, por medio de una serie de pruebas que otros tristemente no pudieron ni podrían nunca superar.

Sin embargo el monje no hablaba de sus sensaciones, ni siquiera le llamaba la atención eso de ser algún día canonizado o tomado en serio. Nada más lejos de eso. Lo que a él le importaba en realidad era que no lo alejasen del monasterio, de su celda y , sobretodo, de sus visitas al alba al límite de los cedros, donde en la penumbra que los árboles ofrecían a la tierra húmeda, donde la niebla se mezclaba con su aliento, los rítmicos sonidos de su garganta despertaban a las almas de los habitantes del bosque, y con ellas se comunicaba. Y aquello hubiese sido un terrible paradigma para el Cardenal si lo hubiese visto con sus propios ojos. Más el monje nada decía de ello, ni a nadie debía hacer partícipe de tan íntimo secreto. Sólo los libros que se encuentran en la prisión de Bester pueden dar cuenta de lo que ocurrió una mañana en la que se oyeron gritos salir de la celda del monje Saavedra, el hemano Benito, quien con voz entrecortada y frente al Cardenal Rueda, se tiró sobre su cilicio en el suelo, haciéndolo tan certeramente que dos de sus extremos fueron a clavársele directamente al corazón.


" Deus Absconditus "*, dijo, casi imperceptiblemente, y expiró lentamente, dejando entrever una sonrisa que al Cardenal le haría pasar el resto de sus días intentando comprender.

Lo que ocurrió en la infancia del hermano Benito tiene mucho que ver con el desenlace de su triste historia. Magellan de Samoa pudo acceder al libro del Humo, el tomo III de la colección secreta de Bester. En él el hermano Herminio de Marua da cuenta de cómo transcurrió su infancia, lo que le aconteció a la edad de 8 años cuando vivía con un primo segundo suyo en la alberca de Cañas. E importante es también señalar lo oculto de sus extraños rezos en la soledad al amanecer, esquivando su compostura para alejarse del recinto, donde lo más importante no radicaba en las palabras que susurraba, sinó precisamente en las pausas que las separaban, los silencios entre frases, las flexiones e inflexiones del aire entrando y saliendo por su garganta. Algo digno de ser comentado próximamente. La colección estuvo a punto de ser subastada en 1840 en Marsella, pero a última hora el Señor de Moncada la rescató de tan terrible destino. Y en Bester reposan desde entonces. Hubiera resultado un oscuro augurio de haber sido distribuída a manos desconocedoras del auténtico sentido que dicha colección entraña.



*Vere tu es Deus absconditus". Dios es -bajo diversos títulos- un Dios oculto.

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26/02/2005

Artista


Estar cansado de caminar, ver parajes lejanos y pensar que se quiere llegar más no es el momento. Una taza de café la espera en su triste casa de alquiler, donde el muchacho que ayer regresó ríe una risa triste que los gatos pueden comprender. Ayer estaba sola, decaída, como muerta, mientras en los arrabales de la ciudad el joven tomaba un autobús en dirección a ella, a la suerte que un día tuvo y que piensa que puede volver.

Nada más entrar, se percata de la situación: Una llave sobre la mesa, el pincel de siempre con sus cuadros a medio pintar. La llama encendida en el hogar... Y sin embargo un llanto llega desde el fondo del apartamento. Es quizá el preludio de una mala sorpresa, piensa él. Así que se adentra en el umbral y, viéndola bajar la mirada oscura que le acariciaba las tardes de lluvia en el desván, hacía un año escaso, aquellos ojos que traspasaban todo lo que él podía tocar, estaban sumidos en silencio, mientras él sufría por dentro el vertiginoso pensamiento que lo inducía a adelantarse.

¿Quién llora así?, pregunta, intentado despreocuparse por la sentencia que escuchará. La mira sin reciprocidad, cubierta la cara de ella por el velo del miedo. El camina despacio, observando las paredes, siempre desnudas, siempre lechosas, que le recuerdan a espejos bañados de escarcha...
Cuando llega a la habitación de sus recuerdos se sorprende al ver a un viejo sentado sobre la cama de edredón nuevo, apoyado sobre sus propias manos, escondiendo lágrimas que no sabe de qué sal están hechas.

"Pasaba por aquí", le espeta al anciano. No sabe quién es. De repente recuerda los dos cuerpos enrollados entre las sábanas. Y su pecho respira hondo, mientras su corazón se enfurece.

Cartas abiertas del destino. Lluvias efímeras de sed interminable. Cantos al oído de un viajero dormido. Así ha pasado la historia de su amor triste.

Y se va, mientras en vano los ojos de ella se izan e imploran atención. Se ha equivocado, pensaba que podría .... que quizá.... Y baja las escaleras tan rápidamente que parece que vuela, bajando, bajando. Interminables peldaños: la tarde de las rosas; el Domingo de los besos; el momento de las risas, aquellas risas mirando por el balcón. Peldaños, más peldaños. Se van aquellos ojos, se pierden en la bruma, en su amargura, y le recibe la calle como una bofetada, el sol repentino es otra bofetada, el cláxon impertinente, los niños pidiendo limosna. Es el destino, se dice, se lo dice cien veces mientras cruza aceras rápidamente, y parques y avenidas hasta llegar tan lejos que ya no sabe cómo regresar.

Y mientras, ella retoma, en sus manos, aquel lienzo. Con el pincel de nuevo en las manos, espera. Y el anciano sigue llorando, mientras ella va escuchando el sonido que intenta pintar.